Biografía de Antonio Navarro Santafé
      por: Pedro Hernández Hurtado

       SEGUNDA PARTE: HITOS DE SU VIDA 
      PAGINA 3

      Certificación Académica, Valencia. -- Profesor Escuela Fábrica de Cerámica Madrid  -- El complejo de tartamudez. -- Falleciemiento de su Madre.   Una carta de su Madre. -- Boda de Antonio y Celia


      CERTIFICACION ACADEMICA PERSONAL, Escuela Superiorde Pintura, Escultura y Grabado, de VALENCIA"

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        En aquellos apasionados años de 1939/40, donde en medio de una escasez general de todo, parecía que la vida empezaba de nuevo, él ya con 33/34 de edad, considera que debe terminar sus estudios y obtener el certificado de ellos, lo que debe ser en Valencia.

        Ha terminado la imagen de Nª Sra. de las Virtudes, que pese a su necesidad económica, su madre ha querido regalar a la Ciudad, luego sigue nulo de ingresos. También los Peregrinos de sus andas, pero se los pagarán cuando al año siguiente los pase a madera, lo que no ocurrió jamás, así que otro trabajo gratis. Algo le quedó de su San Bonifacio, de Petrel, pero al final del verano estaba de nuevo sin blanca. Y tenía que ir a Valencia. En una de sus notas aparece manuscrito: "No olvidaré nunca a mi entrañable amigo Alfonso..." (­aquel que le dijo en 1933 a quien fue a Floralia a preguntar por los toros de Benlliure, que no eran de Benlliure, sino de su amigo Antonio, y de los que salió el trabajo de Las Farolas de Madrid ) "..que tanto hizo por mí, y en esta ocasión que me hacían falta 500 pesetas para desplazarme a Valencia a terminar mis estudios de profesor de dibujo, y lo conseguí. No tenía pero las pidió al cajero de la fábrica donde trabajaba para que se las descontara de su sueldo. Ya me había comprado herramientas, sentado a su mesa, ayudado como buen padre..."

        Fue a Valencia y se trajo la CERTIFICACION ACADEMICA PERSONAL, expedida por la "Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado, del DISTRITO UNIVERSITARIO DE VALENCIA", que copiamos:

        "CURSO de 1940 a 1941. Núm. 15.

        Don Enrique Giner Canet, Catedrático y Secretario accidental de la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado de Valencia.

        "CERTIFICO: Que D. ANTONIO NAVARRO SANTAFE, natural de Villena, provincia de Alicante, tiene cursados y aprobados en esta Escuela, todos los estudios de la Sección de Escultura, que dan derecho a que por el Ministerio de Educación Nacional se le expida el TITULO DE PROFESOR DE DIBUJO, con arreglo a las disposiciones vigentes.­

        "Así resulta de los antecedentes que obran en esta Secretaría de mi cargo a que me remito. Y para que el interesado pueda hacerlo valer donde le convenga, expido la presente con el visto bueno del señor Director y sellada con de esta Escuela en Valencia a treinta y uno de octubre de mil novecientos cuarenta."

        Siguen las 3 firmas: Vº Bº El Director; El Secretario y El Oficial de Secretaría, rubricados. Con sello redondo en tinta azul que dice: ESCUELA DE BELLAS ARTES DE SAN CARLOS DE VALENCIA."

        Profesor en la ESCUELA ­FABRICA DE CERAMICA DE MADRID

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        En 1940 ingresó, como contratado, en la Escuela Fábrica Oficial de Cerámica, gracias a la influencia de D. Luis Ortega Cantoni, su hermano político, funcionario del Ministerio de Educación y Ciencia, Encargado de Curso en Elaboración de modelados para su reproducción en loza y porcelana. Como Profesor interino a la Clase de Modelado, le asignó su Dirección un sueldo de 500 pesetas mensuales, muy poco, pero le prometían luego se transformaría en propiedad. Años después se lo elevaron a 900 pesetas, siempre interino y por 1955 a 1,000 pesetas.

        Estuvo en ella unos 18 años, interino. En ese tiempo no se llevó bien con el Director, de raro carácter, que por cierto acabó lamentablemente mal al ser asesinado por otro profesor que había estado internado por él en un manicomio.

        Poco después de que el Conde de Mayalde le diera la plaza de Profesor en el Colegio de San Ildefonso y de Maestro Cantero en el Ayuntamiento de Madrid; a cuyo ingreso en el Ayuntamiento, deseo que él expresó en diversas ocasiones le ayudara a conseguir cuando se publicaban plazas al Director de la Escuela, y este le contestaba sistemáticamente que le reservaba algo mejor, no le cayó bien a este y pasado el tiempo que juzgó político le redujo sin más el sueldo de 1,000 ptas. a 500. No admitió Navarro tal reducción y abandonó la escuela, dirigiendo al Director una carta el 30 octubre de 1956 de cuya copia entresacamos los siguientes párrafos bien ilustrativos sobre la necesidad que siempre le acució y la debilidad de carácter de nuestro escultor:

        "Contesto su carta sin fecha, recibida el día 27 del cte. mes. No comprendo como le extraña a Vd. mi ausencia en esa Escuela en mis funciones asignadas, pues solo Vd. sabe las causas por las cuales no he podido reintegrarme el mes en curso a mis tareas en esa.

        "La postergación llevada a efecto por Vd. al reducir mis honorarios de 1,000 ptas. a 500 ptas. ha sido la causa que ha motivado mi decisión.

        "¿Qué motivos le he hecho a Vd. para proceder de esta forma contra mi modesta persona? Me parece que he hecho suficientes méritos para al cabo de 18 años, tuviese Vd. más consideración conmigo, que nada malo le he hecho.

        "Pronto olvidó todos los favores personales que le hice produciendo obras de arte para que Vd. se abriese las puertas de grandes amistades y ahora en compensación veo ya cerradas las puertas de esa Escuela en la que dejé los mejores años de una vida de labor artística y que lejos de servirme de puente para con su aprobación abrirme paso en mi carrera, encontré en Vd. un obstáculo.

        "De mis obras, creadas por mí y que son: Bustos de la SRA. DE SOLIS; SRA. DE AZNAR; EXCMA. SRA. CONDESA DE MAYALDE, etc., nada he recibido de Vd. en premio a esa desinteresada labor. Pero, eso sí fui obsequiado con muchas promesas..."

        "¡Creo que no merecía esto después de prestar servicio durante 18 años!

        "No tengo inconveniente de volver a esa Escuela siempre que mis honorarios no sean sancionados."

        Menos mal que tuvo un día el feliz arranque, de genialidad o de protesta íntima, de no dejarse postergar más, al pedir al Director de la Escuela de Cerámica, cuando le sugirió que hiciera el busto de la DUQUESA DE PASTRANA, que consiguiera de la Duquesa que viniera a posar. Lo aceptó la Duquesa y así conoció al artista. Ya conocido, y habiéndolo pedido ella, era inevitable acompañar al Director a la entrega. Y de este suceso arrancó virtualmente su relación con estas relevantes personas, que al darle su apoyo e influencia le adentraron en el alto mundo capaz de darle los encargos que le sirvieron para acreditarse con su arte.

        A partir de esa transcendente relación para él cambió completamente el signo de vida apretada y desapoyada de nuestro escultor. A partir de aquí, (1956), aunque siempre personalmente con su humildad y su modestia, se inicia el período de sus grandes realizaciones, hasta que fueron cortadas por su enfermedad (1977), y fallecimiento (1983), cuando los encargos le abundaban y ya algunos importantes e incluso con proyecto aceptado y contratado, se le quedaron por hacer.


        EL COMPLEJO DE SU TARTAMUDEZ


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        Fue algo muy grave en su vida, que el infundió su carácter aparentemente tímido porque sentía la sensación de ridículo cada vez que se "encasquillaba" hablando. Era esta la palabra con la que él definía aquella situación que en cada caso tan frecuente por demás, siempre le horrorizaba hasta el punto que huía de toda ocasión de conservar sobre todo con extraños, o personas importantes, o periodistas, y fue causa de su alejamiento y de su falta de lo que luego se ha llamado "relaciones públicas" que motivó tenerse apartado y solitario, como arrinconado hasta que, de aquella sima de silencio lo hizo emerger la propia potencia de su arte, cuando al paso de los años, fue hablando su obra por él.

        Con esta sencillez cuenta él su causa u origen, y titula su narración:

        "Mi enemigo número uno"

        Siendo niño, tendría unos 4 años ­ dice ­, en su casa de Villena, en los veranos, su madre le ponía un colchón en el suelo para dormir. "Una noche me levanté, cogí la capuchina que mi madre me dejaba encendida hasta que me durmiera, y sin saber como me prendió fuego en el camisón. Si a mis gritos mi buena madre no acude rápida hubiera perecido abrasado. "¡Bendito Antoñico! Estos críos. "Mi buena madre ¡las madres, que no duermen! me vio y arropó con su cuerpo el mío, que no se libró de quemaduras, de las que aun se pueden ver las señales, y apagó las llamas que envolvían toda mi personita. Bastantes días tardaron en curar. Después de aquel accidente comencé a tartamudear, y este defecto nervioso, a causa del susto, me acompañó toda la vida. El médico que me asistía, D. Regino Arenas, al observar el tartamudeo le dijo a mi madre que notaba que "tartamudeaba exageradamente", mas creía "que se le pasaría cuando fuera mayor"... y pasaron veinte, treinta y cincuenta años y todavía se me "encasquilla"...

        "Cuando empecé a ser mayor, ya años viviendo en Madrid, y quise luchar contra el tremendo defecto que ya notaba me hacía daño, me lo corregí algo haciendo gimnasia respiratoria; luego alguien me recomendó que leyera en voz alta, silabeando, y me leí entero el Quijote de tal modo, y respirando profundamente. En la altura de mi vida debo reconocer que me ha servido en ocasiones el uso de tal práctica que ya de manera constante mantuve siempre, pero cualquier debilidad física, cualquier momento u ocasión que afectara a mis nervios, me hacía recaer en la sima de ese mal.

        "En el Concurso del Monumento a Chapí, tuve que defender, ante un público heterogéneo, mi proyectado monumento teniendo que leer la Memoria descriptiva. Mi primo Diego García que me quería tanto, al saberlo no quiso entrar temiendo lo peor, pero amigos casi a empujones lo hicieron entrar y cuando me vio y escuchó en el momento en que yo estaba mejor exclamó: "Ese no es mi Antoñico..." Cuando terminé la lectura me dio un abrazo y me dijo: "Ahora sé que harás un gran monumento".

        Mi padre me llevaba a pasear por la huerta de Villena porque habían dicho me convenía para vencer el defecto. Andaba detrás de él. Recuerdo el ris ras de los pantalones de pana, y que cantaba:

        Oh balancé, balancé

        balancé de la puñeta,

        no te fíes de los hombres

        que llevan una escopeta...

        y yo le contestaba: "No diga usté eso, padre, que me da miedo". Y si lo decía todo de corrido, se volvía sonriendo, me daba un beso y seguíamos el camino."

        En cambio tenía anécdotas "terribles" según él. Una de las que me cuenta, sucedió por en el año 1940:

        Estaba recién instalado en Madrid un amigo de Villena, Vicente Soler, Aparejador Municipal que había ganado esa plaza en el Ayuntamiento de Madrid. Su esposa, Angelita Caturla, guapa, elegante, muy bondadosa pero con una permanente sonrisa que algunas veces no se sabía bien si llevaba algo de ironía. Se vieron los dos en la calle y le invitó a su casa al día siguiente que era domingo. Soler tenía que salir un momento sobre la hora fijada y advirtió a su esposa: cuando venga Antonio déjale que hable él. Como es muy tartamudo y le sabe muy mal su defecto, por favor no le interrumpas ni pretendas ayudarle. Te callas y ya seguirá él. Por favor, no intentes ayudarle. Vuelvo en seguida.

        Pero llegó antes Antonio. Saludó a la dueña de la casa, a quien no conocía. Esta le invitó tan amable y cordial a sentarse, le explicó que su esposo había tenido que salir un momento pero que en seguida volvía. Y le dio pié, para que hablara él solo de cosas que se sabía: "¡Cómo ha gustado en Villena tu imagen de la Virgen de las Virtudes! ¡Con qué gusto la ha recibido el pueblo entero porque de verdad que has hecho una cosa bien lograda tan fiel a la anterior! Y me ha dicho Vicente que estás trabajando en otra imagen también de Patrón de otro pueblo de Alicante.

        ­ Sí, efectivamente, le contestó Antonio estoy haciendo una gran imagen de 2 metros de alta del Patrón de Petrel, por encargo de aquel Ayuntamiento, en talla de madera que debo entregar totalmente terminada, policromada, casi en seguida y en ello estoy trabajando ya muy de prisa porque se me acaban las fechas.

        ­ Y ¿cómo se llama ese Santo Patrón? (Y aquí fue ella.)

        ­ Antonio, muy diligente, contestó: Se llama, San Bon... Bon... Bon..., Bon... Bon...

        ­ Angelita se vio, horrorizada, que había caído en lo que tenía bien recomendado que evitara hacerle caer y, aun peor, intentó ayudarle, pero ella tampoco recordaba ningún Santo que su nombre empezara por Bon. Y ella, en su pensar rápido, también se repetía: Bon, Bon, ¡Dios mío, que Santo hay que empieza su nombre por BON...!.

        ­ Por fin Navarro se "desencasquilla" ya casi sudando y rompe: San BON.. BO­ NI­ FA­ CI­ 0.

        En ese momento se oye la puerta del piso y entra el dueño, y al verlos a los dos como asustados mira a ambos.

        ­ Antonio sin levantarse le mira sonriendo, le saluda ofreciéndole la mano y le dice: "No.. hombre Viiicente, con lo bien que me estaba saliendo laaa visita."

        ­ Vicente mira a su mujer y le dice: Angelita, ANGELITA...

        Fueron muy amigos siempre.

        Achacaba a su tartamudez el fracaso de la presentación de la estatua ecuestre del Caudillo Franco, que modeló en 1939 y de la que habló al Conde de Jordana cuando le recibió en 1943 tan cordialmente y le animó al entregarle su busto en el Palacio de Santa Cruz, Ministerio de Asuntos Exteriores con cuyo busto, ante las mismas puertas del Palacio estuvo a punto de no presentarle por miedo de su tartamudez, porque a la pregunta de un portero de qué quería, se "encasquilló" e inició volverse de lo que se libró porque el gitanillo que había alquilado para ayudarle a llevarlo le empujó diciendo al portero, rápido: "El señor es escultor y trae el busto del señor Ministro."

        Su miedo a las tertulias del "Papa Negro", que por sentir ridícula su tartamudez, y donde mucho se le quería dejó de frecuentar perdiendo ocasiones de relación que como artista tanto le pudieran ayudar; y muchas, muchas, constantes ocasiones que, sin su aquel complejo tremendo hubieran sido buenas oportunidades para darse a conocer. Relanzamientos que por ella no continuaba, y seguía trabajando como podía, pero solo, sin el riesgo de que por su defecto notara una risa.

        Tiene unas notas sobre su tartamudez que titula "Lado feliz: Demóstenes, Cervantes tartamudo. Carreño, Belmonte. Benlliure fue mudo hasta los 7 años."

        Su dolorosa obsesión se consolaba al conocer que la tuvieron esos grandes nombres de las artes.

        En las charlas con quien esto escribe, muchas desde un año antes de su fallecimiento, quise grabarle las conversaciones. Algún momento me lo toleró y algo grabé de ellas. Pero pronto se opuso, hasta el extremo que cuando en mi casa ponía en marcha el magnetofón sin apercibirlo, cuando a poco su fino oído lo notaba me decía nervioso: "Pepeedro, oo paras el cacharro o me callo." No servían mis razonamientos de que me serviría para después trabajar mejor sobre las grabaciones. Se negaba porque alegaba que el "cacharro" le quitaba las ideas.

        No se acordaba nada de fechas. Cuando me confiaba sus recuerdos, con memoria sobre ellos muy detallada, y en algún momento le pedía que me precisara alguna se irritaba. "¡Ya estás con tu manía de las fechas!". Menos mal que en su archivo y otras fuentes se pudieron encontrar muchas importantes para ordenar la cronología de sus obras.

        FALLECIMIENTO DE SU MADRE.

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        En el crudo invierno del año 1945, su madre cayó enferma. Cuando el médico que la asistía habló a Antonio de la irreversible de la gravedad, llamó a su hermana Juana, la mayor y 3ª de los hijos de los que él hacía el 7º, y única de ellos que con él estaba en Madrid, pero a los 8 días, falleció. Era el 4 de Febrero.

        Aquella buena mujer, Virtudes Santafé Marcos, nacida en Villena, su pueblo vivo en el recuerdo y al que diariamente añoraba, sacrificada pero siempre animosa, ya años viuda de un marido, Miguel Navarro Perona, un hombre bueno, con optimismo sin voluntad, siempre con alegres ensoñaciones de futuro todas fracasadas, que la llevó a Argentina y volvieron con las manos vacías, ella con sus deseos constantes de volver; aquel su marido que decía de la afición y de los estudios artísticos de su hijo Antonio, único que por coincidir con su período militar no fue a la Argentina: "Mi hijo Antoñico siempre siempre con los palillos, pero de plata nada"; madre de familia numerosa falleció en la añoranza de la mayoría de sus hijos. Solo la acompañaron Juana y Antonio hasta su enterramiento en el cementerio de la Almudena, de Madrid donde había vivido sin salir de la penuria de una vida apretada cerca de 30 años, firme en su sitio alentando a su hijo en su arte y esperanzada en su futuro. Todos los otros 7 hijos se encontraban en la Argentina.

        Algunos, muy pocos, amigos y conocidos. Lo comunicó, conforme a su carácter, pero por una u otra excusa estuvo muy solo en tan doloroso trance. Una afectuosa carta de pésame, guardada en su archivo, que alumbra de su importante relación a través de su arte con personajes relevantes relación con la escultura que en aquel tiempo más realizaba, escrita toda a mano en una cuartilla, refleja toda esa circunstancia:

        "Sr. Don Antonio Navarro. Mi querido amigo: Reciban con estas

        "letras usted y sus hermanos mi sentidísimo pésame por la

        "desgracia que les aflige con el fallecimiento de su querida

        "madre q.e.p.d. y perdóneme no pueda acompañarles por tener

        "que asistir esta tarde al entierro de mi tío carnal que

        "falleció ayer. De Vds. affmo amigo y ss. Vicente Pastor

        "(rubricado). Hoy 5 Febrero 945".

        Antonio, a sus 39 años, estaba muy acostumbrado a la dureza de su vida. Pero indudablemente el consuelo de esas letras del gran maestro de la tauromaquia, una de las figuras grandes de la historia del toreo, le acompañó siempre.

        Emocionado por el doloroso recuerdo, y en él el pésame de Vicente Pastor, me contó lo sucedido con la obra que esculpió del genial maestro, sobre un año antes:

        Grupo "Vicente Pastor,

        Pase natural por alto." Bronce.

        Recibió encargo del gran maestro Vicente Pastor para que le hiciera un grupo de su famoso "Pase natural por alto", que tanto adornaba su gran categoría y tan personalísimo le era, "toro y torero dando este dificilísimo pase". Mas un día, posando, Vicente Pastor le confesó que no podía llevárselo porque su apoderado le había estafado muchísimo dinero y no tenia fondos.

        Terminó el escultor su obra, y la retuvo muchos años con él sin ofrecerla a nadie. El gran maestro le visitaba alguna vez, de largo en largo para contemplar "su grupo si lo tenía todavía." Un día el propio Vicente Pastor le anunció que había invitado al Duque de Veragua, y al empresario Juan Balañá, y a Juan Belmonte ­advirtiéndole llevara cuidado al hablar con éste porque "también se encasquillaba". ­ a visitar el estudio del escultor para admirar lo que él llamaba "su grupo". El Duque de Veragua, ya tenía el de Belmonte que adquirió en la Exposición en el Club de Monteros, de Mayo de 1964.

        También en ella estaba el "Vicente Pastor, su pase natural por alto", que tuvo muchos "novios", y había sido muy ponderado por público y comentaristas, pero no lo había puesto a la venta. El Duque de Veragua, que había sido uno de aquellos "novios", le manifestó su deseo de adquirirlo. El escultor miró a Pastor y este le asintió para que lo cediera. Como el "grupo Belmonte" era algo más pequeño y pagó por él 30,000 pesetas, se lo quedó el Duque dándole en el acto cheque por las 50,000 pesetas que le pidió. Así ambos preciosos "grupos", el "Belmonte" y el "Vicente Pastor", están en la Casa de Veragua.

        En la charla, aparecieron sus "encasquillamientos" y con el sufrimiento que le producía su defecto, se creyó obligado a pedir disculpas por él. Pero el gran Juan Belmonte, rápido, terció diciéndole: "Tartamudear no es problema cuando se echa el Arte por delante."

        Tal vez al lector parezca esta disquisición dentro del relato del fallecimiento de la madre de Navarro como la clásica charla de velatorios. Pero era curioso, que cada vez que me hablaba de aquella fecha dolorosa que tanto le afectó y tras tantos años siempre al referirla se emocionaba, me hacía referencia al grupo "Vicente Pastor". Como igual cada vez que me hablaba del "Vicente Pastor", lo relacionaba con el fallecimiento de su madre. Por ello he creído que este era el lugar para relatar el suceso de esta preciosa obra, anotada conforme él me la dictaba, que es el Grupo "Vicente Pastor", por sus manos geniales inmortalizado en su personalísimo "pase natural por alto."

        UNA CARTA DE SU MADRE.

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        Mientras que su padre atendía generalmente con cierto aire peyorativo la inclinación a la escultura de su hijo Antonio, su madre fue su gran valedora para que siguiera el cultivo de su vocación.

        Y a ella contaba Antonio todos sus proyectos, encargos y era la que primero veía sus trabajos y le daba su opinión sobre ellos.

        Desde cuidarle y vigilar y atender la limpieza y aseo de sus Estudios, escrupulosa de un sencillo pero buen efecto para que produjeran agradable impresión a las visitas que su hijo en ellos recibiera, hasta hacerle de secretaria cuando era preciso.

        Muestra de esto es la carta que encontramos en el Archivo de Navarro, que le escribe con limpia letra de colegio de carmelitas, única de ella que aparece en su archivo:

        Papel timbrado de "Antonio Navarro de Santa Fe. Escultor. Profesor de la Escuela Fábrica de Cerámica de Madrid. Estudio: Puerta del Sol, 3 ­ Teléfono 13822 (Estudio y teléfono tachado con una raya por quien escribe).

        "Madrid 16 Noviembre del 1942

        "Querido hijo Antonio: deseándote sigas bien te escribo para decirte, que ha venido a casa D. Carlos de Borbón, y para decirte que se iba a marchar, con el señor Marqués a Francia y quiere llevarse la escultura que le has dicho; mas al decirle yo que te habías marchado, me encarga que te diga que para el 22 ó 23 ya estés en Madrid que ya no puede esperar más; de D. Manuel hoy ha venido un chico con una tarjeta y te dice que vayas lo antes posible a hablar con él pues las figuras ya pronto harán falta;

        "Es cuanto tengo que decirte y le darás cariñosos recuerdos a Jerónimo y familia y a Diego y familia de nuestra parte y tu recibe un abrazo de tu madre

        Virtudes."

        Por el contexto se desprende que Antonio se encontraba en su pueblo, en Villena, de donde era natural también ella y toda la familia.

        BODA DE ANTONIO Y CELIA.

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        Comenzaba el verano del 1947. Navarro estaba realizando en Villena una de sus grandes obras, el Monumento a Chapí, encargo del Ayuntamiento de la ciudad natal de ambos, que había firmado el 17 de diciembre de 1946 "comprometiéndose a tenerlo terminado y dispuesto para su inauguración el 1º­8­1947."

        Fallecida su buena madre el 4 de febrero de 1945, ya él con 39 años, se en contraba solo ya más de dos años y le repiqueteaba el muchas veces reiterado consejo de su buena madre a quien no le gustaban sus andanzas y sus amistades femeninas de solterón en Madrid. El aseguraba que "las mujeres no influyeron en su obra, ni en sus relaciones artísticas, ni cuando pasaban por su vida como el agua bajo los puentes. Pero su madre "temía" y no le gustaba verlo en lo que ella llamaba "peligros" y le decía que se fuera a Villena y se casara con una chica de allí."

        La ocasión de "irse a Villena" se la dio el encargo para la construcción de su Monumento a Chapí y la del Castillo de Embajadas, ambos a realizar en Villena.

        La insistencia de su madre que se casara, "que ya vas para viejo solterón y yo me tendré que ir y te quedarás solo" era también "que debería procurar hacerlo con muchacha de Villena porque, entre otras ventajas buenas así no te desvincularás de nuestro pueblo." Cuando tantas veces se lo repetía, él se sonreía, la besaba y le decía que ya lo haría, pero algún día, sin prisa.

        Ya estaba larga temporada en su pueblo. El Paseo de Chapí, de Villena, con su hermoso Parterre ­donde estaba destinada la ubicación de su Monumento y allí está ­ es frío y por ello solitario en invierno, pero cuando la primavera comienza a acariciarlo revive cada año a su caricia la asiduidad de paseantes, tanto en la bondad de sus tardes como en sus amables noches.

        El Hotel en el que Antonio se hospedaba estaba situado con fachada a ese Paseo, y desde el balcón de su habitación le gustaba contemplar aquella postal serena.

        Por entonces estaba enamoriscado de una alegre y llamativa muchacha de Yecla, de muy bonita figura, que le había presentado una dicharachera huésped del Hotel que era viajante de papelería y objetos de oficina, al oírle un día su preocupación por hallar modelo para una de las figuras femeninas del monumento. Le gustó a primer golpe aquella chica, a la que le encontraba parecido con la famosa artista de cine Carole Lombard, me decía le hizo algunos bocetos, no para la Revoltosa que no la veía en ella, pero sí para la figura de Blanca de Acevedo. Las llevó una noche al Castillo de la Atalaya recitaba le desaparecía su defecto de tartamudez.

        Pero su cigarrillo en el balcón contemplando los grupos y parejas del Paseo le llevaban a recordar la voz de su madre aconsejándole que se casara con muchacha de Villena. Veía asiduamente desde el balcón a dos que le gustaban, pero paseaban con sus novios, más que conocidos amigos que él consideraba. Una de ellas era Celia.

        Un día la vio pasear acompañada de otro amigo, Pepe Campos y su novia. Al día siguiente coincidió con Pepe Campos y Antonio le habló de lo guapa que era esa chica. Pepe se ofreció a presentársela, lo que le sorprendió porque la veía con novio. Pepe le dijo que era cosa de muy jóvenes y que había terminado con aquel.

        Antonio se resistió a que se la presentara alegándole su miedo al ridículo, por su tartamudez, pero le sugirió que como recibía visitas a ver su trabajo en el monumento, aquello podía ser buena ocasión. Como el domingo inmediato había toros, quedaron en visitar su estudio, que estaba frente a la Plaza, al terminar la corrida.

        Así sucedió. Allí tuvieron el primer encuentro y se suscitó por el trabajo del escultor, mucho mayor que ella, la curiosidad de Celia, admirada por el hombre que por su arte estaba realizando con figuras de piedra un viejo sueño de Villena.

        Celia era efectivamente muy guapa una joven señorita hija de un acomodado agricultor, familia villenense de muchas generaciones. Y pese a la gran diferencia de edad, 20 años, la iniciada amistad se trocó meses después por noviazgo formal.

        La anécdota de aquel noviazgo me la contó Celia. A su madre no le cayó bien, por la gran diferencia de edad 20 años, y siempre le disgustó esa circunstancia sobre la que no conseguía que admitiera Celia lo que le razonaba.

        En cambio a su padre le complació Antonio desde el primer momento. Había sido amigo de sus hermanos mayores porque entonces, soltero, en casa de sus padres, estos vivían en la misma calle Cervantes donde la familia de Antonio, muy enfrente y como chicos vecinos jugaban los de las dos familias.

        Precisamente Celia pudo haber conocido a Antonio meses antes y en otras circunstancias. Ocurrió con su tío José, que había invitado a comer a su casa a Antonio, por aquel antiguo conocimiento familiar por la vecindad en que vivían antes de su traslado a Madrid y su amistad con sus hermanos mayores.

        Cuando su mujer, Elvira dijo a su marido que su hija Dora, de la edad de Celia había invitado también a esta y otra amiga, se opuso enérgicamente y ordenó que las chicas se fueron a comer a casa de su hermano Paco, el padre de Celia, ya que no quería correr el riesgo de una comida de mofa por el carácter de las chicas, debido a la fuerte tartamudez de Antonio. Y por tal escrúpulo de su tío José no le conoció antes.

        Otra anécdota de aquel tiempo nos cuenta fue lo del vestido de novia. Era costumbre lo regalara el novio. Como Celia tenía una hermana casada en Madrid, se marchó a pasar con ella unos días, y a su gusto, blanca, Antonio le compró la tela para el traje de novia con la que su hermana le hizo un precioso traje.

        Cuando llegó a Villena y mostró la tela blanca a su madre, ésta se opuso: "¡Cómo casarse de blanco su hija, cuando el uso general en Villena era con traje negro u oscuro, de calle y solo en muy contadas excepciones, por causa, decía, "de novio con carrera y familia muy principal la novia iba de blanco" En modo alguno su hija se casaría fuera de la costumbre.

        Celia insistía en hacerlo de blanco ­Antonio por hacerse bueno suavemente le decía a su futura suegra que como ella deseara, incluso casarse a las 6 de la mañana con la tela del color que ella eligiere, pues para él lo importante era casarse con Celia ­ . Celia no se dejó doblegar por la rareza de su madre. Al padre le parecía bien, pues que su hija y el novio lo querían. Y que no se hablara más del asunto. Su mujer entonces le replicó: "¡Y querrás tú ir así de padrino!. Pues yo no iré."

        El padre, "aunque le correspondía", renunció a ser el padrino. Lo sería su hermano José, el tío Pepe, José López Montilla, hombre cordial, simpático, bien relacionado, concejal, exportador de vinos, amable y familiar. La madrina fue una amiga de Celia, de su edad, también muy guapa, Isabel Rivera.

        Se casaron el 31 de mayo de 1949, en Villena, en la Parroquia de Santiago, ante el Retablo con cuyo boceto ilusionado ganó el primer premio del Concurso del Obispado de Cartagena a cuya sede pertenecía entonces Villena, pero que con tanto disgusto había construido por el regateo que, el mismo Párroco que los casaba forzó a la tremenda reducción del hermoso proyecto que la maqueta muestra, y mísera realidad que se contemplaba.

        Marcharon en viaje de luna de miel a Palma de Mallorca. En su matrimonio, sin hijos, vivieron compenetrados y felices. En 1974 celebraron sus Bodas de Plata. Por esa efeméride Antonio hizo el busto de Celia, como más ampliamente narramos en la descripción de OBRAS, AUTORRETRATO Y BUSTO DE CELIA.

        Cuando Antonio falleció en su casa de Villena, su mano en la de su esposa transmitiéndole su última sensación y sintiendo él la de ella, el matrimonio, indeleblemente unido había existido, 34 años 3 meses y 16 días. (Mayo 1949 ­ Septiembre 1983). Celia, incansable en nuevos aportes al Museo, del que es Presidenta de Honor cada vez estrecha más las idas de su casa de Madrid a Villena, para estar en la madre tierra donde descansa su esposo.

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        Copyright © 1993 Pedro Hernández Hurtado
        Pedro Hernández Marco
        Escaneado y tratamiento fotográfico " Carmen García Reig "