Se ha especulado muchas veces acerca de la
dudosa utilidad del prólogo como obligado pórtico
de una obra, argumentando que solo la voz del autor debe oírse
en ella. Ya Cervantes, en el que él mismo escribe para
su más celebrada creación literaria deja traslucir
con aquella sutil ironía que constituía una de sus
características, cierta amable sátira sobre la presuntuosa
pedantería de los prefacios que en aquel tiempo se utilizaban
y acerca de ".... los elogios que al principio de los libros
suelen ponerse". Olvidemos que lo que ridiculiza y desaprueba
en el "Quijote", permite y tal vez propicia que aparezca
en "La Galatea" según hace notar Clemencín,
su más conspicuo comentador.
No obstante, hábito establecido y antesala
acostumbrada son: Y la cita anterior viene a demostrar que desde
hace siglos está arraigado el uso. Respetémoslo
y aun pensemos en este caso concreto, que no se ofenderá
el lector porque, aunque él sea o suficientemente avisado
para sacar sus propias consecuencias y apreciar cuanto de valioso
posee la presente obra, destaquemos algunos aspectos de ella que
tal vez pudieran pasar inadvertidos.
Quien esto escribe gozó de la estimación
personal del biografiado; Navarro Santafé me distinguió
con su amistad durante aquella última época de su
vida en a que volvió a sus orígenes, a esta Villena
a la que tanto amó. Pero a pesar de ello, la lectura de
estas páginas me ha deparado la sorpresa de que aquel amigo
reunía muchos más valores de los que en él
supuse a través de los contactos que mantuvimos en aquellos
años. Al margen de su obra y su quehacer artístico,
Antonio Navarro fue, e incontables detalles de esta publicación
así lo corroboran, un hombre bueno de grandes valores humanos,
fiel, sincero, sencillo y humilde. "Un hombre breve que no
tenía sombra (¡para menos tener!)", como él
decía de sí mismo. Y la imagen que conservo en mi
mente acerca de sus cualidades, se agiganta ahora a la luz de
cuanto en este libro se desvela.
Hay otra imagen a modificar para quienes no
tuvimos ocasión de profundizar en las claves de su personalidad.
Sabemos de su infancia llena de sinsabores y de su temprana entrada
al mundo del trabajo, con el fin de conseguir una pequeña
ayuda que llevara a paliar la precaria situación de la
familia. Y parece que su llegada a la actividad artística
sin estudios, sin la indispensable base de unas sólidas
enseñanzas, le convierte en un escultor intuitivo, alguien
que destaca a despecho de técnicas no aprendidas y sin
el apoyo de un indispensable bagaje cultural al que no le fue
posible acceder. Y no es así: la lectura de las memorias
que escribe referidas a sus creaciones artísticas, las
de sus cartas, sus documentos, muchos de sus actos incluso, nos
muestran a alguien que supo adquirir una formación autodidacta
poco común, que unida a su exquisita sensibilidad, hicieron
de él un hombre pleno, capaz de unir a su innata predisposición
un profundo conocimiento y un total y abarcador sentido de su
actividad artística.
Y todo ello, esta sensibilidad a flor de piel,
este profundo conocimiento de los hombres y de las cosas, le llevó
a que sus no escasas desventuras fueran para él mucho más
dolorosas. Y a que ante las demostraciones de simpatía
o afecto que recibía, se abriera a los demás desbordando
en atenciones y halagos a quienes tenían para él
siquiera fuese un concepto amable. Pienso a este respecto, que
nadie ha hecho un canto a nuestra ciudad como el emocionado testimonio,
debido a su pluma, que recoge la Revista "Villena" de
1983, estremecido de palpitante amor a su pueblo, acrecentado
en aquella concreta ocasión por los honores que se le habían
tributado durante el año anterior.
De todo ello, y de tantas otras cosas referidas
a su figura tendrá el lector más extensa noticia,
datos más prolijos y testimonios de la más variada
índole, en este libro que ha escrito Pedro Hernández
Hurtado sobre la vida y la obra del escultor villenense. Pedro
Hernández, que tuvo la amistad del artista, que mantuvo
con él múltiples conversaciones, que recibió
sus confidencias, que ha manejado infinidad de documentos, recuerdos
y testimonios que Navarro dejó, ha escrito una obra singular
con entusiasmos de mozo, con cálida y emocionada dedicación.
Una obra apasionada que, sin perder el rigor objetivo, trasluce
claramente la estrecha amistad que unió a estos dos hombres
durante los últimos años de la vida del escultor.
Pasión, amistad, afecto, que no han sido obstáculo
para una obra detenida rigurosa, henchida de datos, aspectos y
circunstancias que nos permiten conocer la vida de Navarro Santafé
junto a una descripción minuciosa de sus obras y de los
pormenores y avatares que concurrieron en su creación.
Y si bien esto último no abarca la "opera omnia"
del artista, labor imposible acerca de quien tanta y dispersa
obra tiene en nuestro país, sí recoge, en cambio,
lo más famoso y destacado de su producción.
Mucho han de agradecer a Pedro Hernández
Hurtado quienes por razones de amistad, de paisanaje o de simple
curiosidad quieran acercarse al conocimiento de la trayectoria
vital y artística de Navarro Santafé. Pero hay algo
más latiendo en el libro que, tal vez sin proponérselo,
revela el autor. Pienso que si los méritos artísticos
de Navarro fueron notables, ya en muchos aspectos singulares y
aun descollantes, hubo algo más importante en el biografiado,
y a lo largo de esta obra existe una implícita demostración
de ello: su bondad, su humanidad, en tan alto grado poseídas,
que fueron todavía mejores y más estimables características.
Finalicemos con la conclusión de que el más excelso
artista, el mayor creador, el genio más elevado, nunca
llegará a la plenitud si no une a su obra esos valores
intrínsecos que son el mejor título que puede alcanzar
un ser humano.
Alfredo Rojas